Esto pasó hace mucho tiempo, cuando comencé a hornear. Al principio solo hacía pupcakes, eran más manejables y la demanda no era muy alta. Un día me habló una clienta que ya había probado los pupcakes para preguntarme si le podía hacer un pastel como para 25 perros; yo como: “¡sí claro, con mucho gusto!”, pero dentro de mi pensaba “¡Dios mío en que me metí!”.

Llegó el día de entregar el pastel. Amanecí temprano, horneé el pastel en forma de hueso, lo decoré y todo. Tuve que decorarlo dos veces porque escribí mal el nombre de la perrita, así eran mis nervios... A las 11 de la mañana ya estaba todo listo, así que me metí a bañar. El pastel debía entregarlo a las 3 de la tarde en Carretera a El Salvador.

Alejé todas las sillas y puse el pastel en el centro de la mesa de mi comedor. Me pareció una precaución un poco exagerada, estaba segura de que era más que suficiente.

De pronto empecé a escuchar un lloriqueo de Tencho. Lo llamaba desde la ducha y se acercaba a buscarme pero inmediatamente salía corriendo de regreso, muy feliz él, lamiéndose la cara. Lo peor que se me ocurrió fue que podrían haber sacado la basura, nunca imaginé la gran travesura que habían hecho.

Mis medidas de precaución no tomaron en cuenta la astucia (y destreza) de Balty. No me pregunten cómo una perrita que apenas está separada unos 10 centímetros del suelo dio un salto de casi 1 metro para subirse a la mesa. En lo que me bañé, ella se subió y se comió casi el 80% del pastel. No estaba completamente sola, claro, como es tan buena hermana le tiraba pedazos a Tencho y a Nina que la veían desde el suelo.

Se pueden imaginar mi cara cuando descubrí aquel hermoso pastel en forma de hueso casi totalmente devorado, y el piso alrededor de la mesa cubierto de migas y pedazos a los que los demás todavía no habían llegado. Casi lloro. Solo porque era más mi urgencia de hornear otro no le hice nada a Balty.

Al final preparé el otro pastel y logré entregarlo apenas un poco tarde. Lo bueno fue que mi clienta quedó feliz y todos disfrutaron la fiesta. 

Ese día descubrí muchas cosas importantes. De primero que los pasteles de cumpleaños eran algo que podía hacer y que me daba mucho gusto hacerlos. Descubrí que son tan deliciosos que pueden hacer que una perrita tan pequeña dé saltos imposibles; también aprendí que los límites no significan mucho para Balty y que, por lo menos, sabe compartir con sus hermanos. Finalmente, me dí cuenta de que mi receta de pastel era lo máximo, que aunque comieron tanto no hubo repercusiones digestivas serias, ni diarrea, ni estreñimiento, solo un par de gases; nada que un fósforo no pueda arreglar.

La historia del diseño de los pasteles es aparte. Lo importante es seguir evolucionando. Aquí hay una muestra del camino recorrido.

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